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Muerte fuera de temporada


Miss Locson cuidaba su jardín con mucho esmero, como se veía en los resultados conseguidos. Era la envidia de todo el mundo, aunque sus vecinos no tuviesen la amabilidad de confesarlo. “Britomar” se restregó contra mis Locson ronroneando:

- Hola, miss Locson - saludaron desde la valla. Era miss Laurel, la divorciada, nueva en el vecindario.- ¿Esta usted arreglando esos macizos de flores de mayo de los que tanto he oído hablar? - pregunto amistosamente pero con un fingido desdén.

- Sí, lo estoy haciendo - contesto con fría amabilidad.

Miss Laurel sonrió y siguió caminando y miss Locson continuo con su trabajo.

De todos modos ya estaba acostumbrada a las burlas pues muchos eran los que pensaban que estaba loca… y no se equivocaban del todo.

Nadie había entrado nunca en su casa y algunos chicos atrevidos habían compuesto una canción verdaderamente ingeniosa pero pocos se atrevían a cantársela porque, aunque odiaran admitirlo, se sentían atemorizados ante ella. Era una anciana solitaria que no saludaba a los vecinos ni llevaba sopa a los pobres. Solo celebraba una fiesta: Walpurgis. Miss Laurel se había referido a eso al hablar. La víspera de Walpurgis, un día antes de Mayo, era la noche preferida por las brujas para salir. Ese día Miss Locson preparaba diez canastillas de flores y por la noche las colgaba de la puerta de diez casas distintas. Cada año una era especial mente elegida para contener algo muy interesante. Todo el mundo se burlaba de esa locura. Pero de lo que no se daban cuenta era de que cada año, el destinatario de una de las canastillas se encontraba con un extraño e inesperado destino. Pero eso no importaba. Las canastillas quedaron llenas… y ahora ¿Que podía elegir para la décima canastilla? Podía usar la belladonna, o el acónito o quizá la dedalera. Pero se decidió por las bayas moradas. Escribió en una notita adjunta:

“Las bayas moradas son perfectos afrodisíacos” Sentía tener que mentir pero en fin…

Aquella noche salió a la calle acompañada por “Britomar”. Nueve canastillas quedaron colgadas y la numero diez fue a parar…¡A la casa de Miss Laurel!

Dos días después el sastre Johan murió víctima de un veneno que fue ingerido y que la divorciada lo sirvió. Y es que no murió en su casa si no en la de Miss Laurel.

A los pocos días, el Cherif Smithson le hizo una visita:

- Buenos días, Miss Locson quisiera hablar con usted.

- Pase, pase… - Ya dentro de la casa la anciana dijo - Le he estado esperando Cherif, sabia que no era idiota y que lo descubriría.

- ¿Quiere decir que ha echo esto antes?- Miss Locson asintió - ¿Y que siguió haciéndolo aunque sabia que yo la descubriría?

- ¡Claro! ¿Usted no abandonaría su trabajo, no? Pues yo tampoco. Después de todo trabajamos en lo mismo.

- ¿Y cual cree que es nuestro trabajo?

- ¡Limpiar el mundo de malhechores! - respondió con la mayor convicción.

El Cherif no supo que responder.

- Perdóneme, haré el té.

Cuando volvió con el té ya tenia preparada otra pregunta:

- ¿Como elegía a sus víctimas?

- Muy fácil. Observaba a las personas que faltaban a un mandamiento. Este año tocaba el numero séptimo: no cometerás adulterio.

- ¿Quiere usted decir que ya ha matado a otras seis personas?

- Así es - dijo esperando un elogio.

- Pero ¿no esta usted misma violando el sexto mandamiento?

- Yo no mato a nadie, solo pongo en sus manos el instrumento de la muerte.

El Cherif pensó que la anciana estaba mas loca de lo que creía.

- Bien ha echo usted un trabajo concienzudo. Pero aunque haya sido así comprenderá que no podemos dejarla en libertad.

- Claro que lo comprendo.

- Tómese algo de tiempo para arreglar sus cosas. Yo vendré mas tarde con una orden de arresto.

- De acuerdo, como quiera - dijo acompañándole hasta la entrada. Después de todo, el jugo de perejil que había echado en el té del Cherif actuaría con rapidez. Era tan mortal como la serpiente que mordió a Cleopatra. Después de todo, ¿No estaba el Cherif Smithson incumpliendo el octavo mandamiento?. Sentía que aquella muerte tuviera que producirse fuera de temporada pero en fin...


Autor: Mary Barrett
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