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Disculpen que me despida.


Disculpen que me despida.


Estaba desencantado de las mujeres, las últimas que habían pasado por mi vida me habían causado más dolor que placer. Dolor del corazón, se entiende, no me va lo masoquista, y placer, bueno, el placer en cualquier parte del cuerpo siempre es aceptable. Pero yo nunca había tenido suerte con las mujeres, no, si por suerte entendemos algo que dure más de un par de meses y que no te deje cicatrices. El caso es que no quería saber nada de mujeres, como le dije a un amigo, a menos que una vigilante de la playa llame una tarde a mi puerta y diga hola soy la supervisora del contador de la luz y vengo a echar un vistazo y acostarme contigo. No, a menos que pasase algo así, yo prefería mantenerme al margen.
La conocí como siempre se conoce a las mujeres especiales, por casualidad. Me dijo que se llamaba Amanda, la que merece ser amada, le comenté, me gusta la etimología. Pues tú te llamas Ricardo, me contestó, no es demasiado alentador. Dejamos la etimología a un lado y nos sentamos en la barra. Yo venía de una tarde horrible en la oficina, una de esas que es mejor diluir en la bebida, y tal vez por eso terminé en ese bar. Ella no me dijo cómo había llegado allí, en verdad, prácticamente jamás me contó nada, al menos nada que fuera real.
Intimar con ella fue sencillo y relativamente fácil, no era una vigilante de la playa con ganas de analizar mis conexiones pero casi, la conversación era fluida y las miradas ágiles. Ella tenía los ojos muy oscuros, profundos y redondos como bocas de pozo, su pelo era de un rubio casi blanco, reflejándose en azul dependiendo de qué luz la iluminara, su sonrisa era infernal, no por malévola, sino porque la utilizaba de una manera muy alejada de ser inocente y pura. Escuchó mi llantina sobre los por menores de mi sufrido trabajo de telefonista y después me sacó a bailar. Dios, qué cuerpo y qué manera de moverlo. No acabé con ella en la cama en la primera noche, pero acabé en todas las demás posibilidades de mi modesto estudio junto a la calle Mayor. En el sofá, sobre la alfombra, medio cuerpo en la mesita y el otro encima de la butaca, y antes de entregar las armas, la revancha en la bañera. Pensé que dejábamos la cama para el día siguiente, aunque después descubrí que eso iba a ser muy, muy difícil.
Le gusté tanto que ansiaba presentarme a sus amigos, eso me dijo la muy puta. Y para qué esperar, mejor al día siguiente.
El sábado por la noche me reuní con ella en la entrada de la estación de Sol, y me guió por una red de túneles y trasbordos tan enrevesados que yo, que me precio de conocer el suburbano madrileño como la palma de mi mano, me sentí perdido como un turista despistado. Mis alarmas empezaron a dispararse cuando nos bajamos en una parada estrecha y oscura que no tenía nombre. No sabía que existiera un sitio así, le dije. Me contestó que no fuera tonto y miedoso, que la siguiera y no me preocupara por tonterías. Así lo hice, aunque sólo a medias, no me quité de la cabeza esa parada sin luz ni nombre hasta que los acontecimientos posteriores casi me la quitan, la cabeza.
Iba a decir que salimos a la luz pero realmente no fue así. Cuando me sacó del metro ya era de noche, tanto había perdido la noción del tiempo. Atravesamos una plaza desierta y llena de humo de cloaca en la que la única claridad procedía de la luna, que caía como una cascada azul sobre los coches aparcados, la mayoría tan sucios que parecían parados desde hacía años. Me llamó la atención que muchas ventanas estaban rotas, pero no le eché mucha cuenta mientras cruzábamos la calle y nos introducíamos en un callejón lúgubre y pestilente. Me sorprendió el silencio y lo “muerto” que parecía estar aquel barrio. En el callejón abundaban los desperdicios y las bolsas de basura hasta desembocar en una escalera descendente. Los escalones de metal se sumergían en la tierra y terminaban en una puerta que por lo robusta parecía de acero forjado, Amanda la golpeó tres veces, no me pareció ninguna contraseña ni señal, al instante nos abrieron y accedimos a un pasillo estrecho y húmedo iluminado sólo por una línea de fluorescentes de neón en el techo.
No pude ver a nuestro portero, todo estaba demasiado oscuro lejos de los fluorescentes, y a la vez yo empezaba a sentir un cosquilleo incómodo en la boca del estómago. Ese paseo, esa cita con los amigos de mi nueva amiga, estaba dejando de ser algo divertido. Amanda me ordenó acompañarla por el pasillo, nuestros pasos resonaban en las planchas de metal del suelo como el pico de un minero. A veces oía los chapoteos de las goteras, otras, pasos diminutos que me recordaban a ratas. Pero lo que más me marcó y me punzó los sentidos durante el recorrido por ese laberinto de pasadizos era el olor, un olor rancio, pútrido, el olor que sólo había conocido el fin de semana que tuve el frigorífico estropeado en espera de un técnico. Seguimos avanzando y cada vez hacía más calor, eso me hizo pensar que la temperatura podría ser la responsable de aquel olor, y es que estaba claro que si tenían comida fuera de la nevera ese calor tenía que estarla estropeando. No me detuve mucho a pensar en ello, me preocupaba más que cada vez que Amanda se giraba para mirarme encontraba su mirada más sombría, más fría. Al principio pensé que me miraba para comprobar que seguía tras ella, qué estupidez, a dónde iba a ir. Con el tiempo he llegado a estar seguro de ello, me miraba preocupada por si daba media vuelta y echaba a correr. Le preocupaba que me escapara.
Por fin llegamos a la desembocadura del pasillo y pude conocer a sus amigos. Un salón gigantesco iluminado por una lámpara de araña en el techo, una sala tan grande que la luz de las doce velas de la araña no llegaba a mostrarme las paredes que la limitaban. No supe calcular el número de personas que había ahí dentro, sin música, sin televisión, sin hablarse. Se sentaban en unos sillones desvencijados colocados sin ningún orden ni disposición coherente, en algunos llegaba a haber hasta tres personas subidas unos encima de otros. Vestían ropas de cuero negro, la mayoría, y otros no vestían nada, algunos de los primeros sostenían a los desnudos amarrados con cadenas, grilletes que se les aferraban al cuello y les obligaban a comportarse como perros, como mascotas. Casi todos tenían manchas de sangre en la barbilla, en los labios y en el pecho, y permanecían inmóviles, muy quietos, como maniquíes que esperasen el paso del tiempo. Amanda me condujo a través del salón y me presentó al que parecía el líder del grupo. Se sentaba en un sillón mayor, solo, tenía los ojos muy oscuros, tanto como ella, y los sostenía fijos en un punto indefinible del suelo. Cuando llegamos levantó la cara pero no me saludó, me miró un instante y luego se dirigió a mi amiga. No se dijeron nada pero juro que hubo comunicación entre ellos, no sé a qué nivel, no creía en esas paparruchas hasta entonces, pero durante ese minuto que permanecieron conectados por sus miradas estoy seguro de que se comunicaron. Amanda me hizo una señal entonces y la acompañé a un sillón que uno de los tipos de negro nos trajo como sacado de la nada. Nos sentamos los dos solos, ella subida en mis rodillas, y empezó a besarme con tanta pasión como habíamos follado la noche anterior. No entendí a qué se debía todo aquello, a qué se debía la oscuridad, a qué se debía el silencio. No entendí por qué nadie hablaba hasta mucho después e incluso atendiendo a sus rasgos feroces, a sus facciones casi animales y a su manera sincopada de moverse, llegué a pensar que tal vez no supieran hacerlo. Tampoco tuve tiempo de preguntarme a qué tipo extraño de tribu urbana me había llevado a conocer Amanda porque sus labios y sus manos se sabían mover tan bien que nublaron todas mis demás preocupaciones.
Un hombre vestido con algo parecido a un esmoquin apareció de la nada y se acercó al centro del círculo con un pedazo de carne sanguinolenta en la mano. Hubiera jurado que se trataba de una pierna humana pero una vez más los besos de Amanda me impedían fijarme mejor. El tipo tiró el pedazo de carne al suelo y casi antes de que tuviera tiempo de apartarse los hombres y mujeres encadenados se abalanzaron sobre la pieza como verdaderas fieras hambrientas, empezaron a arrancarle trozos con los dientes y con las manos, gruñendo, llenándose de sangre la piel del pecho y de la cara. Lo que más me llamó la atención fue que los bocados que arrancaban no eran para ellos sino que se los llevaban gateando al que hacía las veces de su amo al otro lado de la cadena. Al Líder le trajeron un pedazo especial, esta vez sí que lo vi bien, era la cabeza de un hombre con barba.
A dónde me has traído, quise gritar retirándome de Amanda, pero en cambio cuatro de esos hombres, por llamarlos de algún modo, me agarraron de brazos y piernas y me levantaron en volandas para sacarme del círculo de luz. Mis ojos estaban cegados por la oscuridad y el miedo pero sé que me llevaron a través de un pasillo caluroso y asfixiante. Sus gruñidos resonaban en las paredes con el eco de una bandada de buitres y al poco me dejaron caer de espaldas sobre un suelo mullido, creo que de paja. Un cuadrado de luz se filtraba por una ventanita muchos metros por encima de mi cabeza y tuve la sensación de encontrarme en el fondo de un pozo o de una torre. Uno de ellos se acercó entonces a mi cara, juro que no le encontré nariz, ni mejillas, ni orejas, sólo ojos negros y dientes como estacas. Se acercó a mí, como digo, y sentí el dolor de un mordisco en mi garganta. Luego otro hizo lo mismo, aferrado a mi brazo derecho, el tercero me mordió en un pliegue del costado, y el último no recuerdo dónde, aunque estoy seguro de que no me dejó de lado, porque caí profundamente inconsciente.
Desperté encadenado a la pared, como un antiguo preso de una prisión medieval, un Don Mendo moderno, un Conde de Montecristo, un Segismundo. Los grilletes que me apretaban los tobillos y las muñecas no tenían cerradura, ni modo alguno por dónde aflojarlos, cómo consiguieron meterme en ellos sigue siendo para mi un misterio. Por el rectángulo de luz veía el cielo convertirse en naranja, en lila, en azul, ese primer amanecer lo recuerdo, el resto… No sé cuántos días pasé en aquella prisión. Durante las horas de luz me traían cada poco una cazuela de puchero, un asado infernal que sabía a papas rancias y olía a pescado quemado, al principio me negaba a probarlo pero después lo llegué a aceptar y hasta a devorarlo con fruición. El hambre me mataba en aquellas horas de aburrimiento y pérdida continua de sangre. Porque eso era lo que hacían durante las noches. Recuerdo, cómo olvidarlo jamás, el tañido de la campana que anunciaba la entrada en mi calabozo del tipo del esmoquin, el ser que llegó a convertirse casi en mi única visita. Se acercaba a mí con un cuchillo y una fuente de cristal, me punzaba en algún lugar distinto cada vez, a menudo un muslo, otras veces los brazos, y recogía mi sangre en la fuente para llevársela a Ellos. Al principio entraban también algunos de esos seres, nunca demasiado de seguido, jamás en grupos de más de dos, me mordían en el cuello o en los huecos entre los dedos de las manos y bebían durante unos segundos mi sangre. Supongo que si se alargaban o permitían que su gula les poseyera corrían el riesgo de quedarse sin fiesta. Si yo moría se les acababa el pastel, como solía decir mi madre. A la que no volví a ver fue a mi amiga Amanda. Bueno, hasta hoy.
Como he dicho antes desconozco cuántos días pasé en la torre, llegado a un punto la luz se me confundía con la noche y mi debilidad y la falta de aire me mantenían más tiempo dormido que despierto. Supongo que mi constitución fuerte o mi tamaño, ligeramente superior a la media, ayudó a que conservara la vida más tiempo del que Ellos esperaban. Hasta tres veces me desperté y me encontré al Líder y al del esmoquin mirándome, una suerte de Señor y Mayordomo decidiendo de qué manera servir la cena. Creo que discutían sin palabras, como yo ya les había visto hacer antes, si acabar conmigo de una vez o seguir sacándome la sangre. Si terminaban mi calvario me despiezarían como al pobre infeliz que había pasado por allí antes que yo, y aunque puede parecer un final horrible era exactamente lo que yo estaba deseando. Si no me equivocaba por mucho, el momento más doloroso sería el primer hachazo, el golpe fatal. Después el shock y el colapso de los órganos harían mucho más llevadera la muerte que permanecer allí una sola noche más. Por eso le sonreí de esa manera la última vez que vino el Líder a visitarme. Je, le sonreí y se enfureció tanto que se abalanzó sobre mi cabeza y me mordió con rabia la mejilla, todavía me falta ese pedazo.
Igual que no sé cuánto tiempo llevaba allí dentro, cuánto tiempo sin que mi familia o mis compañeros de la oficina tuvieran noticias mías, tampoco sé cuántas horas más pasaron hasta que desperté tumbado en el potro de la habitación de las velas, un cuarto que todavía no conocía y que, de haber llegado allí antes, tal vez hubiera acortado mi cautiverio. Aunque supongo que en mi huida hubo mucha más carga de suerte que de destino.
Contar una historia de terror en primera persona y además en pasado conlleva la carga de que salvo que el autor de repente se saque de la manga un final sobrenatural, partimos de la base de que el protagonista no puede morir. Y es cierto, sí, escapé, y espero que con la excitación y la falta de riego no haya olvidado lo suficiente para que mi relato mantenga la consistencia.
Desperté en la habitación de las velas, decía, un cubículo rectangular, no más grande que el ascensor de un buen hotel, desnudo y amarrado a una mesa de madera con forma de cruz mediante unas correas de cuero, gracias a Dios no eran grilletes de hierro. Antes de abrir los ojos escuchaba el raspar de las hojas de acero afilándose contra la piedra, me atreví a mirar, aunque me esforzaba todavía por respirar como si siguiera dormido, y descubrí al Mayordomo poniendo a punto su colección de cuchillos de espaldas a mi sobre otra mesa. Las correas de las muñecas me apretaban en la carne y las que me sujetaban los tobillos me cortaban la circulación hasta el pie. No veía cómo iba a poder salir de allí sin que aquel carnicero me arrancara primero tres cuartos de pierna y medio kilo de abdomen para dar de cenar a sus amigos. Me sentí perdido, roto, desamparado, y eso no era nada. Cómo empecé a gritar cuando el monstruo se giró hacia mí y me clavó el primer cuchillo en la cadera. No se molestó en callarme la boca, rasgó hacia abajo como si laminara un jamón y les llevó a sus comensales un filete de nalga que me dejó el culo en carne viva. Me quedé mirando mi herida abierta, horrorizado ante las pulsaciones del músculo y la sangre que chorreaba, escasa ya, hasta el suelo, y antes de que pudiera reaccionar el tipo del cuchillo regresó y me cortó el mismo pedazo del otro lado. Me estiré y me sacudí al límite de mis ataduras pero no conseguí hacerlas ceder ni un milímetro, durante los minutos siguientes perdí medio muslo, mi bíceps derecho y los dedos de los pies, esto especialmente sangró en abundancia pero, me cago en diez, no me moría. El Mayordomo volvió más veces, cambió de cuchillo para rebañar las partes más difíciles y se me llevó un pecho como si rebanara una loncha de queso. Las correas no se aflojaban por más que yo las forzara y cada vez me quedaban menos fuerzas para tirar. Mátame, cabrón, mátame y comedme luego.
El Mayordomo regresó del salón una última vez, si bien él no sabía que iba a ser la última, se acercó a mi cabeza con toda la confianza que le daban sus dos cuchillos y empezó a recortarme una oreja. Le mordí, giré mi cabeza y clavé los dientes en la frágil piel de su moflete. Empezó a sangrar como un cerdo pero en lugar de gritar emitía una especie de gruñido seco y ahogado, me asusté porque pudiera comunicarse desde allí con su Líder o con cualquier otro con ese poder extraño de su mente, pero, si podía, no lo hizo. Mordí hasta el límite de mis mandíbulas, me rompí un diente masticando su piel, fría y pálida como un lienzo, y para mi sorpresa resultaba ser él el que mostraba más debilidad que yo pese a la sangre perdida. Tanta porquería para comer no podía mantenerles muy sanos y saludables, y si bien habían aprendido a comunicarse sin hablar, el tema de volar y tener fuerza sobrehumana parecía más bien destinado a la fantasía del cine y la literatura. Tal vez por eso no salían a cazar y necesitaban que zorras como Amanda hicieran el trabajo sucio, porque alimentándose a base de sangre tenían menos fuerza que un junco batiéndose contra el viento.
El chupasangre se retorcía atrapado entre mis fauces y en una de ésas pude arrebatarle el cuchillo sin demasiado esfuerzo. Se limitaba a intentar zafarse y lloriquear en lugar de forcejear conmigo, si lo hubiera intentado yo no hubiera tenido ninguna posibilidad, por Dios, yo seguía inmovilizado, y en uno de sus gestos bruscos conseguí que se clavara él solo la hoja del cuchillo en la sien. El metal atravesó su carne como si fuera pergamino, y vi el brillo de sus ojos negros apagarse con un hilillo de sangre. Me lo quité de encima empujándole con la cabeza, esforzándome porque no se me escapara el cuchillo. Estaba débil como si me acabaran de parir, y con una mezcla de pánico y autocontrol, no hace falta que diga quién ganaba en la proporción, introduje la hoja entre la correa y mi muñeca y conseguí cortar hacia el lado correcto. Tenía que darme prisa en liberarme antes de que alguien echara de menos al Mayordomo, jefe de intendencia. Le desvestí y me puse su ropa, no me quedaba bien pero me había puesto cosas peores en mi vida, me armé con dos de sus cuchillos, le corté un pedazo de carne de un muslo fláccido y reseco y me dispuse a entrar en el salón en su lugar.
Mil preguntas asolaban mi mente: mi piel estaba translucida y seca por la pérdida de sangre y había perdido más de diez kilos, pero a parte de eso ahí terminaba mi parecido con el difunto; sería capaz de correr en caso de que me reconocieran, sabía el dichoso Líder cómo leer mi mente… Decidí ponerla en blanco, una de las decisiones más absurdas y difíciles de cumplir de toda mi vida, y empecé a caminar. El esmoquin se me pegaba al cuerpo en las zonas en que no me quedaba carne, las piernas me flaqueaban y mi mano temblaba con un trozo de muslo sanguinolento colgando de las puntas de mis dedos. Solté el pedazo de carne en el centro del círculo igual que le había visto hacer al Mayordomo aquella noche, las fieras enfermas de sangre se abalanzaron sobre él y se lo llevaron con los dientes a sus respectivos amos. El Líder miraba fijamente al suelo, ensimismado, como un aparato humanoide que tuviera pulsado el botón de pausa, ni siquiera levantó la mirada hacia mí. Me deslicé entre las bestias y atravesé el pasillo de neón, siguiendo el olor del aire fresco por el oscuro laberinto hasta la puerta de la calle, y no me fue sencillo dar con ella. Al llegar pensé que no había portero, estaba tan oscuro… Pero me equivoqué. Una manaza fría y enorme me detuvo agarrando mi hombro a pocos metros de la entrada, le clavé un cuchillo entre los dedos y cuando el gorila se echó hacia mí le clavé otro en la frente, escuché el crujido de la hoja contra el hueso y me dieron ganas de vomitar. Salí al encuentro de la calle con mi esmoquin ensangrentado y la piel pálida como la cera, azul bajo la luz de la luna llena. Hubiera corrido de haber tenido fuerzas pero como no era así me escondí entre las sombras de la plaza brumosa y dejé que las bestias que salían a buscarme creyeran que me había metido en el metro. Me alejé con todo el sigilo que pude y me colé en uno de los coches que tenía la ventanilla rota para tirarme en la oscuridad del suelo de los asientos traseros. Permanecí allí hasta que me encontró la luz del sol y sólo entonces me atreví a volver a mostrarme. Como esperaba, la plaza ya estaba desierta.
He dicho al principio que estaba desencantado con las mujeres, hasta entonces sólo me habían dejado, abandonado y olvidado con el corazón roto, qué tipo de sentimientos puedo albergar ahora. Mi bíceps izquierdo nunca se ha recuperado y desde entonces tengo dos antojos en las caderas que hacen que al sentarme parezca uno de esos juguetes infantiles que no se mantienen tiesos. Lo de los dedos de los pies ha sido lo menos traumático, ahora me puedo comprar zapatos dos números más pequeños, pero si sumamos mi oreja de menos con todas las cicatrices de aquellos días en que fui despensa viviente de chupasangres, mi aspecto es sencillamente grotesco, no me será sencillo volver a relacionarme. Por eso sólo salgo por las noches, cómo hoy, lo que me lleva a poner fin a esta carta, disculpen que me despida tan de prisa, tendrán preguntas, supongo, y yo muchas ganas de responderlas, pero mi amada Amanda acaba de entrar en el bar. Llámenme romántico y tal vez acierten, pero he decidido volver al bar donde nos conocimos, esta vez armado con una Uzi preciosa que compré en el mercado negro. Viene acompañada por otro muchacho, un pardillo como yo lo era, pero no soy celoso. Este parece más pequeño, no aguantará tanto como yo si nadie le pone sobre aviso. Tal vez el tiroteo lo haga.
Disculpen que me despida, digo. Tengo una cita.



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